«Quién le dijo que yo le dije, lo que nunca dije y andan diciendo, que yo le avisé, lo que yo no sabía»… y más; frases tan enredadas, controvertidas,y difíciles de descifrar cómo ésta y otras tantas, pululan y sobrevuelan nuestro país, a raíz del «enchastre» Pluna – que quede claro no lo originamos nosotros, ni ningún medio -;y que aún a nuestro criterio, jurídicamente tiene mucha tela para cortar; con la interrogante de si están todos los que están; o en «este baile», como decía mi abuela, …»está faltando gente».
El caso Pluna aún no está cerrado,surgen interrogantes sobre decisiones tomadas y otras que no se tomaron por el fiscal Juan Gómez y la jueza Adriana de los Santos.
Por ejemplo, el tema del aval por el cual pidió los procesamientos de Lorenzo, y del presidente del BROU, Fernando Calloia, pudo resolverlo siete meses antes.
Juan Carlos López Mena, y el representante de la «española» Cosmo, Hernán Calvo, declararon como testigos pero nunca fueron indagados aunque se contaba con elementos para ello.
En mayo se concluyó la indagatoria sobre el aval y a partir de ese momento el fiscal pudo pedir el procesamiento de Lorenzo y Calloia.
Otra de las irregularidades es que parece ser -ahora como sucede siempre, «yo no fui»- es que el fiscal de Corte, Jorge Díaz, fue a la Presidencia a informarle al presidente José Mujica, sobre el pedido de procesamiento de los dos jerarcas.
El anuncio pudo permitirle a la defensa de ambos delinear, llevar adelante una estrategia para presentar en el juzgado que no tuvieran prevista… o no?, si así fuera.
López Mena en el juzgado habló del presidente, sin embargo nadie se dió por enterado, Calvo por ahora, ausente, algo tal vez sabe, sólo se le citó como testigo; y el dueño de buquebús fue el «comodín», la figura de este libro, apareciendo en todas las fotos y con todos, pero… se acuerda; el hombre terminó haciéndose cargo de un aval, de bueno que es no más.
Pero, como le digo siempre; «en el reino del revés», no cuente, ni escarbe demasiado, porque por ahí termina siendo culpable, sin «comerla ni beberla», como dicen los pibes.
Aunque que lindo, sería que en nuestro «paísito», nos diéramos un «baño de humildad», tuviéramos un poquito nada más de autocrítica, nos «lavaramos la cara», reconociéramos los errores y arrancaramos de nuevo; si fuera necesario, «de cero».