El rostro del mal

Comunicado de Prensa – Opinión

Por Daniel Bianchi

Para muchas personas proyectar el Mal es necesario.

Requieren, para seguir funcionando de la manera habitual en su vida diaria, otorgarle un rostro al Mal. Imperiosa, casi enfermizamente. Y es que si el semblante del Mal se supone insoportable, aún peor es la ausencia de un aspecto que asignarle.

Puede ser el rostro que le plazca a cada quien. No necesariamente el de un genocida, el de un asesino serial o el de un violador. Puede ser, sencillamente, el del jefe que en la oficina comete injusticias día tras día, el del Gobierno que vuelve a aumentar los impuestos y no soluciona los problemas de la gente, el de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA) que sanciona exageradamente a un jugador de fútbol, o el del vecino con el que no nos llevamos bien.

Pero invariablemente debe tener un rostro.

Asimilar y transformar esa presencia ignominiosa en una cara a quien culpar y a quien señalar, es imprescindible para la gran mayoría de las personas. Si la inseguridad, la injusticia, la pobreza, los abusos, las presiones y los malos tratos no tienen un perfil que asignarle y, simplemente, se hacen notar a nuestro lado o por encima de nosotros sin poder ser trocados en una sustancia concreta sobre la cual poder proyectar la infelicidad, el infortunio y el desamparo, la vida de muchos se complica. Y no tiene sentido.

Pero ello entraña, sin embargo, un peligro cuyo alcance muchos están distantes siquiera de comprender. Porque a la vuelta de la esquina están los pícaros que, un día sí y otro también, concentran todas sus energías en modelar ese rostro del Mal que, de alguna manera, permita apaciguar la inquietud y el malestar de la gente común.

Entonces el Mal toma forma y se convierte en todo aquello que mencionamos o, aún más allá, en los “imperios” económicos o ideológicos, en las corporaciones empresariales que amenazan atragantarse con el dinero producido por los trabajadores explotados, en los sindicatos que ven a cada firma o empresa como el refractario enemigo al que hay que destruir, en la Justicia cuyos fallos no tienen la sapiencia ni el resultado que cada uno espera, o en los partidos políticos que funcionan con la imperiosa necesidad de dividir la comunidad entre los buenos y los malos, entre los corruptos y los incorruptibles.

Esos bribones son los responsables, en mayor o menor medida, de sembrar a lo largo del tiempo el germen de violencia que, andando los años, ha desembocado en un clima de inseguridad, desconformidad, desacuerdos, discordancias y discrepancias que cada día parecen ensancharse más.
Despreciar al otro e imaginarlo como un ente impersonal, genérico, vago, superfluo, ni tan siquiera digno de consideración, es una de las maneras en que comienzan las diferencias que luego transmutan en enfrentamientos, dialécticos o físicos, que las más de las veces finalizan en una muestra brutal de intolerancia y falta de templanza.

Y eso, aunque no todos lo notan, termina atentando directamente contra el sistema democrático y sus instituciones que, en cuanto procura un orden sustentado en los consensos y en el respeto de las mayorías y las minorías es, en su esencia misma, un régimen de contribuye a la solución de pugnas, discrepancias, desacuerdos, antagonismos y conflictos.

Buscar la destrucción de algunos de los protagonistas sobre la base de que piensan en forma distinta a lo que nosotros pensamos, invalida y revoca el propio significado de la Democracia, que por esencia es aceptar o reconocer la pluralidad de pensamientos, doctrinas y métodos en materia política, económica, filosófica, y aún religiosa.

Democracia es pluralismo, república, tolerancia, liberalismo.

No obstante, no nos equivocamos al señalar que la sociedad uruguaya ha sabido plantarle cara a esa brutal y cruel intención de algunos de insistir con dividir a quienes pisamos este suelo, y que acaso tanta insistencia por fragmentar a la sociedad entre buenos y malos nos aliente a pensar que, definitivamente, las barreras que nos separan no son tantas como las ideas y los objetivos que nos unen.

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